Transparencia política: cuando las preguntas solo parecen molestar según quién gobierne
La confianza en las instituciones no se pierde de un día para otro. Se erosiona lentamente, noticia tras noticia, polémica tras polémica y, sobre todo, cuando los ciudadanos perciben que las mismas reglas no se aplican a todos por igual.
En España, cualquier trabajador, autónomo o pequeño empresario sabe perfectamente lo que significa estar sometido al escrutinio de la Administración. Una compra importante, una transferencia llamativa o un incremento patrimonial relevante pueden dar lugar a comprobaciones, requerimientos o inspecciones. Forma parte del sistema y la mayoría de los ciudadanos lo acepta como algo normal.
Sin embargo, cuando determinadas operaciones económicas son protagonizadas por personas que ocupan cargos públicos de máxima responsabilidad, la sensación que tienen muchos españoles es muy distinta.
La transparencia política no debería depender de las siglas
Uno de los errores más frecuentes es convertir estos debates en una discusión partidista. No se trata de un político concreto ni de una formación determinada.
A lo largo de los últimos años hemos visto cómo dirigentes de distintas ideologías han protagonizado controversias relacionadas con viviendas, patrimonio, declaraciones de bienes o evolución económica personal.
En algunos casos, las explicaciones ofrecidas convencieron a la mayoría de la opinión pública. En otros, las dudas continuaron existiendo durante mucho tiempo. Pero el problema de fondo siempre ha sido el mismo: la necesidad de que quienes ejercen responsabilidades públicas acepten un nivel de transparencia superior al del resto de ciudadanos.
Porque gestionar recursos públicos no es un empleo cualquiera.
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Cuando las cuentas generan preguntas
Recientemente, determinadas informaciones sobre el patrimonio de algunos altos cargos han vuelto a despertar el debate sobre la transparencia política.
No hablamos de condenas judiciales ni de ilegalidades demostradas. Tampoco de acusaciones concretas.
Hablamos simplemente de hechos que, vistos desde fuera, generan preguntas razonables entre muchos ciudadanos.
Preguntas sobre el origen de determinados recursos económicos.
Preguntas sobre la evolución patrimonial de algunas figuras públicas.
Preguntas sobre operaciones que, siendo perfectamente legales, pueden resultar difíciles de entender para quien observa únicamente la información disponible públicamente.
Y en una democracia sana, formular preguntas no debería considerarse un ataque.
Debería considerarse un ejercicio de responsabilidad ciudadana.
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El silencio mediático alimenta la desconfianza
Tan importante como las preguntas son las respuestas.
Y tan importante como las respuestas es la disposición de los medios de comunicación a formular esas preguntas.
Muchos ciudadanos tienen la impresión de que algunas noticias reciben una cobertura intensa durante semanas mientras que otras desaparecen rápidamente de la actualidad, incluso cuando afectan a personas que ocupan puestos de enorme relevancia institucional.
Esa percepción puede ser discutible, pero existe.
Y cuando una parte creciente de la sociedad siente que determinadas cuestiones se investigan con más intensidad que otras, la confianza en los medios también comienza a deteriorarse.
La función del periodismo no consiste en proteger al poder ni en derribarlo.
Consiste en fiscalizarlo.
Siempre.
Un contexto que cambia la forma de mirar las cosas
Probablemente muchas de estas noticias habrían pasado casi desapercibidas hace unos años.
Sin embargo, el contexto actual es diferente.
Durante los últimos meses se han sucedido investigaciones, revelaciones, grabaciones y presuntos casos que han situado la corrupción y la transparencia institucional nuevamente en el centro del debate público.
Como consecuencia, muchos ciudadanos han comenzado a revisar episodios anteriores con una mirada más crítica.
No porque existan nuevas pruebas.
No porque se hayan producido condenas.
Sino porque el conjunto de acontecimientos está provocando que numerosas personas se pregunten si algunas cuestiones que fueron consideradas menores merecían una atención mucho mayor.
Es en ese momento cuando muchas piezas comienzan a adquirir un significado diferente.
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La democracia necesita ejemplaridad
Los españoles no esperan que sus representantes públicos vivan en la pobreza.
Tampoco esperan que renuncien a prosperar económicamente.
Lo que esperan es algo mucho más sencillo.
Esperan que la transparencia política sea real.
Esperan que las explicaciones sean claras.
Esperan que las mismas preguntas que se harían a cualquier ciudadano también se formulen a quienes gobiernan.
Y esperan que los medios de comunicación ejerzan la misma exigencia independientemente del color político del protagonista.
Porque la confianza pública no se construye pidiendo fe ciega.
Se construye ofreciendo información suficiente para que nadie tenga que recurrir a las sospechas.
Y cuando las preguntas dejan de hacerse, el problema ya no es únicamente político.
El problema pasa a ser democrático.
Porque una democracia fuerte no es aquella donde los ciudadanos confían sin preguntar.
Es aquella donde pueden preguntar sin que nadie se moleste.
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