Lo que los armadores saben pero no te cuentan
Hay una parte de navegar que casi nunca aparece en las fotografías.
No sale en Instagram.
No aparece en los vídeos de calas de aguas turquesas.
Y, curiosamente, tampoco suele formar parte de las conversaciones cuando alguien te cuenta lo maravilloso que es tener una lancha.
Es la parte que empieza cuando termina la diversión.
Porque después de un día espectacular de navegación en Menorca, cuando has disfrutado del mar, del sol, del paddle surf y de unos buenos baños, llega una pregunta que puede cambiar completamente el ambiente:
¿Y ahora qué hacemos con la lancha?
Un día perfecto en el mar
Aquella mañana todo había salido perfecto.
Desde la rampa del pueblo de Fornells habíamos botado nuestra pequeña lancha y pusimos rumbo hacia Cala Tirant. Una ligera brisa del sur mantenía el mar prácticamente en calma y, como suele ocurrir en esos días que uno quisiera guardar en un frasco, las playas del norte de Menorca lucían espectaculares.
Habíamos llevado el paddle surf, que, por cierto, merece un artículo propio en la sección de Náutica de Digital Menorca, y también habíamos aprovechado para bucear por la costa.
Después de varias horas de navegación, baños, paddle surf y buceo, llegamos a Playas de Fornells.

Teníamos hambre, Mucha hambre. Directos al restaurante Casa Tiran!!
Así que tocaba comer, descansar y disfrutar de una buena sobremesa.
Una ensalada, algo fresquito y ese café que sabe especialmente bien cuando llevas varias horas bajo el sol hicieron su trabajo.
El problema fue que la sobremesa también hizo su trabajo.
Nos dejó prácticamente derrotados.
El sol, el mar y el deporte habían conseguido convertirnos en una familia de náufragos sentados alrededor de una mesa.

Y entonces alguien lanzó la pregunta.
—Bueno… ¿y ahora qué?
Hubo unos segundos de silencio.
Hasta que alguien, con bastante sentido del humor, respondió:
—Pues que venga un helicóptero desde el aeroclub de Menorca a buscarnos.
Las risas fueron generales.
Hasta que alguien añadió:
—¿Y la lancha?
Aquello cambió completamente la conversación.
Mi padre, que hasta ese momento parecía estar disfrutando de una especie de siesta mental, levantó la cabeza.
—Exacto. La lancha.
Se hizo el silencio.
La parte de navegar que nadie cuenta
Ahora iremos directamente a la rampa —dijo.
Ya no había sonrisas.
Nada de nadar, nada de paddle surf y nada de bucear. Tú y tú saltaréis a tierra con las amarras.
Yo apagaré el motor y subiré el motor de la lancha para no de en la rampa, después iré a buscar el coche.
Los dos jóvenes se miraron.
Aquello empezaba a parecerse menos a unas vacaciones y más a una operación militar.
—Mientras tanto —continuó—, vosotros iréis sacando todo de la lancha: neveras, paddle surf, equipos de buceo, toallas… y a Wilco.
Wilco, nuestro caniche negro, nos miró como si acabara de escuchar su nombre en una reunión de trabajo.
Probablemente estaba pensando que él ya había cumplido con su jornada, no iba a ser así…
La rampa: el momento de la verdad
Llegamos a la rampa de Fornells.
Y ahí descubrimos que sacar una lancha del agua tiene bastante menos glamour que navegar con ella.
Cuando llegó el coche con el remolque, comenzó la siguiente fase.
Ahora tendrás que indicarme hasta dónde puedo acercar las ruedas del remolque al escalón de la rampa.
¿Hasta dónde?
Unos diez centímetros.
¿Diez centímetros?
Sí. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos.
Aquello parecía fácil.
Pero cuando tienes detrás un coche con un remolque, delante una rampa que termina en el agua y varias personas esperando que no hagas ninguna maniobra equivocada, esos diez centímetros parecen convertirse en una cuestión de ingeniería naval.
—¡Más atrás! —¡No tanto!—¡Para…—¡Ahora un poco hacia delante!
La tensión podía cortarse con un cuchillo.
Y eso que todavía no habíamos empezado.

Todo tiene su orden
Con el coche bien frenado, la primera marcha engranada y las medidas de seguridad preparadas, comenzaba la operación.
Y mucho cuidado —advirtió mi padre—. He visto algún coche terminar en el agua.
De repente, nadie tenía ganas de bromear.
Había que retirar las luces del remolque y la señalización correspondiente antes de introducirlo en la zona de la rampa.
Después llegaba uno de los momentos más delicados.
Mi padre tenía que coger el cabrestante del remolque y bajar por la rampa hasta la parte más profunda.
Y aquí apareció otro pequeño detalle que nadie había mencionado durante el maravilloso día de navegación:
la rampa resbala muchísimo.
Con el cabrestante en las manos y haciendo equilibrio, avanzó cuidadosamente hasta colocarse en el escalón de la rampa esperando la proa de la lancha.
Mientras tanto, nosotros manteníamos la embarcación controlada mediante las amarras se la acercábamos.
Uno a cada lado.
La lancha tenía que quedar perfectamente alineada con el remolque.
Y entonces llegó el silencio
Cuando consiguió enganchar el cable del cabrestante a la anilla de proa, empezó otra operación de precisión.
—Ahora ve tensando poco a poco.
Mientras una persona accionaba el cabrestante, los demás manteníamos la lancha alineada.
Nada podía hacerse deprisa, ni tirar demasiado fuerte, ni dejar que la lancha se desplazara lateralmente, ni perder el control de las amarras.
Era nuestra primera vez haciendo aquella maniobra y se notaba.
En las caras, En los nervios.
Y, sobre todo, en la voz del padre.
Porque cuando tienes experiencia sabes que una lancha puede parecer muy manejable en el agua y convertirse en un auténtico problema cuando hay que colocarla sobre un remolque.
Por fin, la lancha está en el remolque
Poco a poco, la proa fue avanzando.
El cabrestante hacía su trabajo.
Nosotros ayudábamos con las amarras.
Y, después de unos minutos que parecieron mucho más largos, la lancha quedó finalmente colocada sobre el remolque.
—¡Ya está!
Aquello sonó como si hubiéramos ganado una regata.
Pero todavía faltaba bastante.
Había que asegurarse de que el cable del cabrestante quedara correctamente frenado y colocar una primera cincha en la proa.
El objetivo era sencillo: poder mover el coche y dejar libre la rampa.
—¿Estamos?
Todos asentimos.
Incluso Wilco.
Aunque sospechábamos que él simplemente quería irse a casa.

La rampa se libera… pero el trabajo continúa
Mi padre subió al coche y lo retiró hasta la zona de aparcamiento.
Nosotros empezamos a preparar la lancha para circular por carretera.
Había que quitar las defensas y cualquier elemento que pudiera soltarse, volar o provocar algún problema durante el trayecto.
También había que cargar el coche con todo lo que habíamos sacado de la embarcación.
Neveras, Toallas, Paddle surf, Equipos de buceo, Bolsas…
Y, por supuesto, Wilco.
Cuando parecía que todo estaba terminado, todavía quedaban las conexiones eléctricas.
Había que colocar correctamente la matrícula y conectar las luces del remolque.
Después:
—Probamos luces de frenos, intermitente izquierdo, intermitente derecho…
Parecía que, finalmente, podíamos marcharnos.
Entonces llegó la frase que nadie quería escuchar.
—Ahora hay que terminar de poner las cinchas de la lancha.
Silencio.
Más cinchas, más ajustes, más comprobaciones.
A esas alturas estábamos agotados.
¿Y ya está?
Pensábamos que, después de todo aquello, solo quedaba llevar la lancha a casa.
Nos equivocábamos.
Mi padre volvió a hablar:
—Y ahora, directos al lavadero.
Nos quedamos mirándolo.
—¿Al lavadero?
—Sí. Hay que baldear la lancha con agua dulce y también lavar el motor.
Nadie dijo nada.
todavía quedaba limpiar.
Wilco fue el único que pareció entenderlo desde el principio.
Se tumbó.
La parte menos bonita de tener una lancha
Y es que esta es probablemente una de las grandes diferencias entre disfrutar de una embarcación y ser realmente su armador.
Navegar es maravilloso.
Salir de Fornells, poner rumbo a una cala, bañarse en aguas cristalinas, practicar paddle surf, bucear, comer frente al mar y regresar con el sol bajando es una de esas experiencias que justifican completamente tener una lancha.
Pero la jornada no termina cuando llegas a puerto.
Una lancha necesita tiempo, organización, mantenimiento y mucha atención.
Y cuando no tienes práctica, todo parece complicado.
Sacar el remolque, colocar correctamente el coche, controlar la lancha con las amarras, utilizar el cabrestante, alinear la embarcación, asegurarla con las cinchas, comprobar las luces, retirar los elementos sueltos, transportar todo y finalmente lavar la embarcación y el motor con agua dulce.
Todo forma parte de navegar.
Quizá sea la parte menos fotogénica.
La menos divertida.
Y, seguramente, la más cansada.
Pero también es la parte que hace que, al día siguiente, puedas volver a bajar la lancha a la rampa y disfrutar otra vez del mar.

Porque los armadores lo saben.
El verdadero día de navegación empieza cuando sales de la rampa… pero no termina cuando vuelves a ella.
Y eso es algo que nadie te cuenta cuando estás soñando con comprar tu primera lancha.
¿Se nos olvida algo? te leemos en comentarios
AUTOR: G.A.
ACTUALIZADO: 13 de agosto de 2026
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