Baleares bebe cada vez más agua del Mediterráneo. Mientras crece la desalación, las fugas, los torrents y el agua de lluvia plantean una pregunta: ¿estamos aprovechando realmente todos nuestros recursos? La respuesta como siempre en Actualidad.
Baleares bebe cada vez más del mar: desaladoras, fugas y el agua que seguimos desperdiciando
Hubo un tiempo en que el agua de nuestras islas dependía casi por completo de aquello que la naturaleza quisiera regalarnos: la lluvia, las fuentes y los acuíferos escondidos bajo nuestros pies. Hoy ya no es así. Cada vez bebemos más del Mediterráneo.
La noticia resulta suficientemente reveladora. De los aproximadamente 29 hectómetros cúbicos de agua que ABAQUA suministró el año pasado a los municipios de Mallorca, 18 procedían de desaladoras. Es decir, alrededor del 62 % del agua suministrada por ABAQUA en Mallorca ya era desalada.
Conviene explicar qué es ABAQUA, porque el ciudadano no tiene por qué conocer todas las siglas de la Administración. La Agencia Balear del Agua y la Calidad Ambiental es una empresa pública del Govern que gestiona, entre otras infraestructuras, las grandes desaladoras y parte del abastecimiento de agua en alta de nuestras islas.
Actualmente gestiona ocho plantas desaladoras repartidas entre Mallorca, Menorca, Ibiza y Formentera.
Pero antes de seguir construyendo máquinas capaces de convertir el mar en agua potable quizá deberíamos hacernos una pregunta bastante más sencilla:

¿Estamos aprovechando bien toda el agua que tenemos?
Una desaladora no hace magia, aunque desde fuera casi pueda parecerlo. Primero capta agua del mar y la filtra. Después, grandes bombas la someten a una presión enorme y la obligan a atravesar unas membranas extremadamente finas mediante un proceso denominado ósmosis inversa.
Una parte del agua consigue atravesarlas mientras la mayor parte de las sales queda retenida. El agua obtenida debe después remineralizarse y acondicionarse antes de incorporarse a la red de consumo.
Por un lado obtenemos agua dulce. Por el otro queda salmuera. Y aquí empieza una parte de la historia de la que se habla bastante menos.
La salmuera es agua con una concentración de sal muy superior a la del Mediterráneo y normalmente termina regresando al mar mediante emisarios preparados para dispersarla. Pero devolverla al mar no es un gesto inocuo.
Una concentración excesiva y mantenida de salinidad puede afectar a los ecosistemas del fondo marino y especialmente a una vieja conocida de todos los baleares:
La posidonia.
Los estudios científicos muestran que Posidonia oceanica es especialmente sensible al aumento de salinidad y se han documentado efectos de vertidos hipersalinos incluso en aguas de Ibiza.
Y aquí me permitirán una reflexión. Somos —con razón— extraordinariamente celosos con la posidonia. Vigilamos fondeos, denunciamos agresiones al fondo marino y recordamos constantemente el extraordinario valor ecológico de uno de los grandes tesoros del Mediterráneo.
Pues seamos exactamente igual de exigentes cuando hablamos de las salmueras de las desaladoras.
No puede preocuparnos muchísimo la posidonia cuando encima de ella cae un ancla y bastante menos cuando hablamos de agua hipersalina. El Mediterráneo no distingue quién provoca una agresión. Solo recibe sus consecuencias.
Y aquí espero la misma vigilancia de quienes hacen del ecologismo su bandera. Porque no vale ser ecologista a ratos.
Pero la salmuera esconde además otra historia.
ABAQUA está modernizando cuatro desaladoras de Baleares mediante sistemas capaces de recuperar hasta el 98 % de la energía de presión que todavía contiene la salmuera cuando sale del proceso de ósmosis inversa.
En vez de desperdiciar esa presión, se aprovecha para ayudar a impulsar el agua de mar que entra en la planta. Esto no significa que el consumo eléctrico total de la desaladora se reduzca en esa misma proporción.
En Santa Eulària, por ejemplo, se estima una reducción aproximada del 8 % del consumo eléctrico total.

Y esto cambia la manera de mirar aquello que llamamos residuo. Primero hemos aprendido a recuperar su energía. Entonces quizá ha llegado el momento de preguntarnos qué más podemos recuperar de ella.
Porque la salmuera contiene también agua, sal y minerales aprovechables.
Existen tecnologías para recuperar parte de esos recursos; algunas tienen ya aplicación industrial, particularmente para agua y cloruro sódico, mientras que la recuperación simultánea de múltiples materiales sigue enfrentándose a dificultades de coste, consumo energético y escala.
Pero la dirección parece evidente. Si somos capaces de aprovechar incluso la presión con la que sale una salmuera,
¿Cuánto más estamos dejando escapar con ella?
Y las cantidades de agua de las que hablamos ya son enormes. Para entenderlas sin necesidad de ser ingeniero basta recordar algo muy sencillo: 𝟏.𝟎𝟎𝟎 metros cúbicos son un millón de litros.
En Mallorca tenemos tres grandes desaladoras. Palma puede producir actualmente cerca de 42 millones de litros diarios, aunque su remodelación debe llevarla nuevamente hasta unos 63 millones.
Alcúdia y Andratx disponen de una capacidad próxima a los 14 o 15 millones de litros diarios cada una, y ambas tienen proyectadas ampliaciones.
Menorca dispone de la desaladora de Ciutadella, que tras completar su modernización podrá alcanzar aproximadamente 11 millones de litros diarios.
Esto nos enseña algo importante: la capacidad instalada y el agua realmente producida no son la misma cosa. La producción depende de la demanda, de la época del año, del mantenimiento y también de las posibilidades de distribución.
Ibiza tiene tres plantas principales:
Eivissa, con unos 12 millones de litros diarios; Sant Antoni, cerca de 18 millones, además de un módulo adicional de hasta otro millón; y Santa Eulària, actualmente alrededor de 16 millones, con una ampliación prevista hasta 22 millones. Formentera dispone de una planta con una capacidad aproximada de 4 millones de litros diarios.
Naturalmente, que una planta pueda alcanzar esas cifras no significa que produzca esa cantidad todos los días. Hay mantenimientos, variaciones estacionales, averías y limitaciones de las propias redes.
Y todavía creceremos más. El Govern ha puesto en marcha los proyectos de tres nuevas desaladoras, una en Mallorca, otra en Menorca y otra en Ibiza, con una capacidad prevista de 15 millones de litros diarios cada una.
Puede que sean necesarias. Pero construir desaladoras no puede convertirse en nuestra única política del agua.

Porque también está el agua que cae del cielo.
Y Mallorca tiene un ejemplo extraordinario.
El Gorg Blau puede almacenar unos 𝟕.𝟑𝟔𝟎 millones de litros y Cúber otros 𝟒.𝟔𝟒𝟎 millones. Entre ambos forman un sistema capaz de guardar cerca de 𝟏𝟐.𝟎𝟎𝟎 millones de litros.
Pero lo verdaderamente interesante es seguir el viaje de esa agua. El agua del Gorg Blau se bombea hacia Cúber. Desde Cúber baja por gravedad hasta la Estación de Tratamiento de Agua Potable de Lloseta. Allí se trata y se potabiliza antes de continuar su recorrido hacia el abastecimiento de Palma.
Pensemos por un momento en ese viaje. Llueve sobre la Serra. Guardamos esa agua entre montañas. La trasladamos de un embalse a otro. La hacemos bajar hasta Lloseta. La tratamos. La conducimos hasta nuestras casas. Después de todo ese viaje, perderla por una tubería envejecida debería dolernos.
Además tenemos otro sistema que muchos mallorquines probablemente desconocen.
Cuando no se necesita toda el agua captada en sa Font de sa Costera, una parte se desvía hacia el acuífero de s’Estremera, donde se infiltra mediante cuatro pozos. Es decir, utilizamos el propio subsuelo como un gigantesco depósito natural, guardando agua en épocas favorables para recuperarla posteriormente.
¿Qué podríamos hacer con una parte del agua que baja por nuestros torrents cuando llueve con fuerza?
Quien vive cerca de uno sabe perfectamente de qué hablo. Empieza a llover y las primeras aguas bajan oscuras, cargadas de tierra, hojas, residuos y todo aquello que encuentran después de semanas o meses de sequedad. Ese primer arrastre tiene incluso un nombre técnico: first flush, el primer lavado.
Pero después, cuando el episodio continúa, las características del agua pueden mejorar. Existen sistemas de captación pluvial en los que la turbidez y otros parámetros permiten separar ese primer arrastre y decidir cuándo merece la pena aprovechar el agua.
¿Por qué no estudiar algo semejante en determinados torrents de Mallorca? Sensores podrían medir automáticamente el caudal, la turbidez y otros parámetros de calidad. Mientras bajara la primera agua cargada de barro y suciedad, seguiría su curso.
Cuando alcanzara los valores establecidos, una compuerta podría desviar una parte del caudal —siempre que fuese hidráulicamente seguro— hacia balsas de decantación, depósitos subterráneos o sistemas de recarga de acuíferos. Y si las condiciones cambiaran, volvería a cerrarse automáticamente.
No hablo de bloquear torrents ni de improvisar presas. Cada cauce necesitaría sus estudios hidráulicos, ambientales e hidrogeológicos.
Hablo simplemente de preguntarnos si toda esa agua tiene que pasar siempre delante de nuestros ojos sin que intentemos aprovechar una parte cuando sea técnicamente posible y ambientalmente seguro.
La propia lluvia podría decirnos cuándo merece la pena guardarla.
Y aún podríamos hacernos otra pregunta. Ya hemos hablado anteriormente de la microhidráulica Vortex. El principio es sorprendentemente sencillo: una parte del caudal entra de manera tangencial en una cámara circular, crea un remolino y ese movimiento hace girar una pequeña turbina capaz de generar electricidad.
Es una tecnología de microhidráulica concebida precisamente para aprovechar pequeños desniveles y caudales donde una gran central hidroeléctrica no tendría ningún sentido.
No serviría en cualquier torrent ni en cualquier punto. Pero allí donde los estudios demostrasen que existe caudal y desnivel suficiente, podríamos estudiar si el agua derivada, antes de ser almacenada o infiltrada, puede realizar todavía un último trabajo: producir energía, continuar su camino y finalmente ser guardada.
La misma gota podría generar electricidad antes de convertirse en reserva.
Eso es, para mí, pensar el agua de otra manera. No como algo que simplemente llega o no llega, sino como un recurso al que podemos acompañar durante todo su recorrido.

Y después llegamos a la contradicción más difícil de aceptar: las tuberías.
Mientras invertimos millones en desaladoras, captamos agua de acuíferos, guardamos lluvia entre montañas y construimos grandes infraestructuras, seguimos perdiendo agua debajo de nuestras calles.
En Palma existen tramos de red con hasta sesenta años de antigüedad. En 𝟐𝟎𝟐𝟒 apenas se renovó el 1,35 % de toda la extensión de la red, mientras las pérdidas reconocidas por fugas seguían situándose por debajo, pero próximas, al 18 %.
Eso también debería saberlo el ciudadano. Porque el agua que desaparece debajo del asfalto no apareció allí por arte de magia. Quizá cayó sobre la Serra. Quizá estuvo almacenada en Cúber. Quizá salió de un acuífero. O quizá empezó siendo Mediterráneo, atravesó filtros y membranas mediante ósmosis inversa, fue remineralizada, bombeada y transportada durante kilómetros.
Y después se perdió por una tubería vieja.
Una verdadera política del agua no debería medirse únicamente por cuántas desaladoras somos capaces de construir.
Debería medirse también por cuánta agua somos capaces de guardar cuando sobra, cuánto conseguimos aprovechar antes de almacenarla y cuánta conseguimos evitar que se pierda cuando ya la tenemos.
Las islas están aprendiendo a beber del mar. Ahora falta aprender a mirar con la misma inteligencia hacia el cielo, hacia los torrents y, sobre todo, debajo de nuestros propios pies.
Porque en unas islas que pasan meses mirando al cielo esperando que llueva, dejar escapar agua que podríamos aprovechar y perder después otra parte bajo el asfalto no es solamente una contradicción. Es un lujo que ya no nos podemos permitir.
Tu opinión es importante, te leemos en comentarios.
AUTOR: Jesús Javaloyas
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ACTUALIZADO: 6 de Septiembre de 2026
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