Patricia Ochoa: de hacer croquetas en casa a emprender en Menorca

Por Digital Menorca

Detrás de cada negocio, cada proyecto y cada iniciativa de Menorca hay una persona con una historia. Nuestros Protagonistas. En esta sección damos la palabra a quienes hacen isla: cómo llegaron hasta aquí, qué les mueve y qué obstáculos han tenido que superar. Contado por ellos, sin intermediarios.

Nació en Soria hace 43 años, estudió publicidad y peluquería y llegó a aprobar las oposiciones de Correos. Su primer verano en Menorca fue tan malo que se prometió no volver.

Hoy vive en Maó con sus tres hijos y dirige Sa Croquetera de Menorca, un obrador de croquetas artesanas con más de veinte sabores, elaborados con gamba roja, calamar, queso de Maó o sobrasada de la isla.

Patricia Ochoa Rubio repasa con Digital Menorca cómo un hobby casero se convirtió en negocio y qué supone emprender en una isla que vive de la temporada.

Patricia, antes de hablar de croquetas y de emprendimiento, ¿quién eres y qué ocupaba tu vida antes de empezar esta aventura?

Nací en Soria hace 43 años. He vivido en varios lugares, pero Menorca me cautivó. Aquí me enamoré, tengo tres niños y soy muy feliz en Maó.

«…fui haciendo mi sitio y la isla me fue cautivando. Pero los comienzos fueron malos, la verdad.»

¿Cuál es tu historia con Menorca? ¿Qué te trajo a la isla y cuándo sentiste que era el lugar donde querías construir tu vida?

Es una historia divertida. Vine por primera vez en 2006 a ayudar a mi tía, que vive en Ciutadella y estaba embarazada. Pero fue un verano desastroso: ella estaba fatal, el trabajo en el hotel fue mal… Quizá no era mi momento. Y prometí y juré no volver a Menorca.

Lo curioso es que en el barco de vuelta, ya en septiembre, conocí a un chico que hacía grafitis. Me contó su verano en Menorca y no tenía nada que ver con el mío.

Como soy un poco cabezona, al año siguiente volví a cuidar de mi primo, que ya tenía un año. Y cada año fue mejor. Volvía unos días a cuidarle, hasta que en 2011 hice temporada aquí como camarera y dependienta en tiendas de ropa, probando lo que salía.

Poco a poco me fui haciendo mi sitio y la isla me fue cautivando. Pero los comienzos fueron malos, la verdad.

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Si retrocedemos unos años, ¿te imaginabas siendo empresaria y dirigiendo una croquetería?

Jamás. Estudié Publicidad y Relaciones Públicas, también Peluquería, y aprobé las oposiciones de Correos. He tocado bastantes palos. Siempre me ha gustado la cocina, y hacía croquetas en casa como un hobby, hasta que vi que empezaban a gustar.

Las primeras fueron para el negocio de mi marido, el Orient Express. Las bautizamos CROKEBABS, porque llevan la misma carne con la que elaboran los kebabs. Se las dábamos a probar a los amigos cuando venían a casa y a todo el mundo le encantaban. Poco a poco fui probando sabores distintos, y así estamos.

Tener una buena idea tomando un café es fácil; abrir la puerta de un negocio es otra cosa. ¿Cuándo dijiste «lo hago»?

Después de hacer muchas croquetas en casa para la familia y los amigos, mi marido me propuso cocinar en el Orient Express. Ellos solo abren por la tarde, así que yo iba a trabajar allí por las mañanas.

Poco después quedó libre el local de al lado, me lo ofrecieron y ahí decidí ponerlo todo sobre la mesa y empezar con una croquetería en condiciones.

Para quien piensa que una croqueta es solo bechamel, relleno y rebozado: ¿qué diferencia una croqueta normal de una realmente buena?

Yo nunca desprestigio otras croquetas; cada negocio y cada producto me merecen todo el respeto. Lo que diferencia a una croqueta artesana como las nuestras es que todo es artesano.

Los caldos los hacemos nosotras, con gamba de Menorca, con pulpo… Intentamos usar al máximo el producto local: las verduras y todo lo que nos dan nuestra tierra y nuestro mar.

Eso también explica el precio, que es algo a lo que a veces nos enfrentamos. Una croqueta de supermercado y una de nuestro obrador tienen precios muy distintos porque el trabajo, el producto y la manipulación son muy diferentes.

«Una que sorprende mucho es la de gorgonzola y pera.»

¿Cuál fue la primera croqueta de la que dijiste «esta tiene que estar sí o sí»? ¿Y cuál sorprende más hoy a la gente?

La primera a la que dimos el visto bueno fue la de cocido. Primero elaboramos un cocido madrileño con su chorizo, su morcilla, su ternera, su cerdo y todo lo que lleva. Ahí está el secreto.

Hoy, después de darle muchas vueltas a cada receta, tenemos más de veinte sabores.

Una que sorprende mucho es la de gorgonzola y pera. Me acompaña prácticamente desde el principio, pero sigue sorprendiendo a los clientes nuevos por su toque dulce. El gorgonzola es un queso azul muy suave y la pera casi no se nota, pero juntos se complementan muy bien.

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¿Alguna croqueta parecía fantástica sobre el papel y, al probarla, dijiste «esto no se lo podemos dar a nadie»?

Hicimos pruebas con una de queso de cabra con higos. Sobre el papel suena fantástica, no puede salir mal… pero ni el queso de cabra ni los higos nos dieron un sabor tan potente como nos gusta ofrecer. Así que se ha quedado en el tintero.

Menorca tiene una despensa muy particular. ¿Qué importancia tiene el producto local en vuestra cocina y qué ingredientes menorquines funcionan especialmente bien?

Para nosotras es indispensable, porque basamos la carta en lo más parecido al mar y a la tierra de Menorca.

Destacaría la de calamar de Menorca en su tinta, que es alucinante: sabe a mar. Igual que la de gamba roja. Ahora hemos probado con langosta y también nos ha dado muy buenos resultados.

De la tierra sacamos la de berenjena y parmesano, buenísima. La de queso de Maó, de la granja Subaida, con la que colaboramos, y la de sobrasada de Trebalúger. Todas son maravillosas gracias al buen producto que tenemos en la isla.

«Alguna subvención nos vendría muy bien para que conciliar no nos cueste el sueldo.»

¿Es especialmente difícil emprender en hostelería en Menorca? ¿Qué obstáculos desconoce el cliente?

Emprender en Menorca siempre ha sido un gran reto, para mí y para todos los que hemos empezado.

Estamos muy limitados por la temporada: el momento fuerte va de abril o mayo a septiembre u octubre. El resto del año, si quieres mantenerte abierto, necesitas reinventarte e intentar haber ahorrado un poco, porque si no, no hay manera. Ese es el gran hándicap de la isla: la estacionalidad.

¿Qué pediría?

Que las administraciones nos tengan en cuenta a los autónomos, que también somos padres y madres. No tenemos ayudas para las escuelas de verano, y eso nos hace bastante daño, porque tenemos que trabajar sobre todo en verano y esas escuelas son bastante caras.

Alguna subvención nos vendría muy bien para que conciliar no nos cueste el sueldo.

¿Recuerdas algún día especialmente malo en el que pensaste «no puedo más»? ¿Qué pasó para que al día siguiente volvieras a abrir?

Fue hace poco. Me invitaron a irme del local en el que empecé con tanta ilusión y alegría, porque no cumplía algunos requisitos. Que en pleno mes de abril te digan que te tienes que ir es un golpe. Pensé que quizá hasta ahí había llegado, que era el momento de cerrar.

Sin embargo, encontré el local nuevo, en el que estoy supercontenta. Ha sido un renacer, una alegría. Estoy feliz, la verdad.

¿Y tú que opinas? ¿Nos cuentas tu historia? Te leemos en comentarios.
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